Ha comenzado la locura. Los engranajes de la compleja maquinaria de la ‘March Madness’ de la NCAA, que tantos ríos de tinta hace correr cada año por estas fechas, se mueven imparables e implacables dejando un rastro de cadavres exquis, universidades ilustres incapaces de avanzar por el cada vez más estrecho pasillo de un 'bracket' que este año ha gozado de aún más presencia en los medios que cualquier otra temporada tras la cacareada -y nada certera- predicción del presidente Obama.
A título personal, tras un inolvidable pasado como ‘Aggie’ durante los casi cinco años que pasé en la universidad de Texas A&M, este año seguí con mayor intensidad el desenlace del ‘Selection Sunday’, esa peculiar reunión dominical de un comité de sabios que incluye a los presidentes de las conferencias, ex entrenadores y analistas de prestigio, que determinarán los emparejamientos con los que dará comienzo “El Gran Baile”.
Si bien no tenemos (y pasará mucho tiempo hasta que así sea) la solera de otros caídos como UCLA, Maryland, Michigan o Texas -nuestro histórico rival-, todos ellos frecuentes habitadores de los últimos recuadros del 'bracket', no dejo de sorprenderme cuando veo a los míos en esta tesitura, impensable años atrás. Este año nos hemos despertado del sueño en la segunda ronda, vapuleados por UConn (92-66) tras habernos deshecho de Brigham Young en la primera fase (66-79).
Si en mi periplo universitario, allá por los años 90, la universidad sufría para mantener una digna posición en la mitad de una tabla con más de 300 equipos, los que conforman la División I de la NCAA, cargando siempre con la etiqueta de eterno proyecto al alza, la construcción del Reed Arena, numerosos cambios en el cuerpo técnico y un eficiente trabajo de ‘recruiting’ trajeron al fin a jugadores de renombre, que pusieron los sólidos cimientos de un ambicioso programa que finalmente empezaría a consolidarse en la temporada 2004-05 con la llegada de Billy Gillespie, que llevó al equipo a conseguir una invitación para el NIT de ese año, un dulce preludio de lo que acontecería un año después con la primera incursión de los ’Aggies’ en una ‘March Madness’ desde 1987, una entrada esperanzadora a pesar de truncarse en la segunda ronda del torneo.
En 2007, los seguidores de Texas A&M se frotaban los ojos incrédulos cuando leían que las predicciones situaban al equipo, liderado por Acie Law, un alero anotador y especialista en anotar la canasta ganadora (de ahí su apodo: ‘Captain Clutch’), entre las diez mejores universidades de la nación. Para que se hagan una idea, Wikipedia define el período entre 1988 y 2005, en el que se incluye, claro está, mi paso por la universidad, como ‘The dark ages’ (algo así como ‘el período oscuro’), mientras que a partir de 2005 acuñan un nuevo término: ‘Modern resurgence’ (el resurgir moderno’). Supongo que es lo que tiene formar parte de la historia viva, o, como pensarán muchos, muerta y enterrada, de cualquier proyecto. El caso es que el equipo no sólo participó en el baile sino que se coló entre los ‘Sweet Sixteen’, sellando la temporada como la novena universidad del país según los analistas, la mejor posición de la historia de la institución tejana.
Con tres 'Aggies' en la NBA (Antoine Wright, Dallas Mavericks; Acie Law, Atlanta Hawks; y DeAndre Jordan, Los Ángeles Clippers), Texas A&M parece haberse sacudido, al fin, su eterno rol de aspirante y de universidad “futbolera” para, poco a poco, por méritos propios y asiduos "ataques de locura", ganarse el respeto de los, admitámoslo ahora que nos va bien, envidiados Longhorns de la universidad de Texas. Porque para los estudiantes de nuestro centro, que pegan en los parachoques de sus coches pegatinas con lemas como “Texan by birth, Aggie by the Grace of God”, es muy duro comprobar como, una y otra vez, es el vecino y no uno mismo el que siempre compite con la vitola de ser el mejor equipo de baloncesto del estado.
lunes, 23 de marzo de 2009
martes, 13 de enero de 2009
Martes y 12+1
Oigo en la radio una interesante tertulia con motivo de esa coincidencia que tantos consideran fatídica y que nos ha deparado, ya en enero, el primer martes y trece del año. Subrayo que se trata del primero porque en octubre -aviso para supersticiosos- se repetirá de nuevo este fenómeno. Tal y como explica un psicólogo en el programa, la fobia o temor irracional al número 13 y a las nefastas consecuencias que acarrea vincularse con esta cifra ha llegado a ser descrita en los libros de psicología clínica como una rara patología denominada “triskaidekafobia”.
Al parecer, esta superstición, arraigada fuertemente en los países occidentales, debe su origen a motivos religiosos y ha adquirido un poso tan profundo en estas culturas que ya no nos sorprendemos al ver que ciertos hoteles han elegido eliminar “esa planta” del edificio o al oir que algunas personas prefieren no viajar o realizar gestiones de importancia en ese día.
Sin embargo, en el baloncesto, un deporte que, como casi todas las disciplinas o juegos de azar, está invadido por las supersticiones, la aprensión hacia el número 13 no parece haberse consolidado con fuerza y son muchos los jugadores que escogen lucir esa cifra en sus dorsales sin otorgarle el mal fario que tantos otros le presuponen. A Wilt Chamberlain, desde luego, no pareció importarle mucho llevar ese dorsal -el mismo que vestiría durante la totalidad de su longeva carrera- cuando anotó 100 puntos ante los Knicks en 1962.
O quizás la razón por la que el baloncesto ha dado esquinazo a esta creencia se deba a que James Naismith, el célebre inventor de este deporte, decidió encarar este asunto desde el principio fijando en 13 las reglas fundamentales para jugar a este deporte. Es de suponer que el canadiense, ocupado en otros menesteres, no valorara en absoluto esta premisa a la hora de diseñar las normas, ¿o sí?. Lo cierto es que, visto el saludable estado de forma del deporte de la canasta, el profesor Naismith cercenó de raíz la asociación de esta cifra y el baloncesto a la mala suerte.
La psicología atribuye el uso de la superstición a una necesidad del individuo de tener las cosas bajo control, a otorgar causalidad a la casualidad; a creer que, siguiendo un determinado rito, evitaremos que el destino nos juegue una mala pasada. En definitiva, tener la capacidad de alterar el resultado de las cosas mediante la consecución de actos de cualquier índole. Ponerte antes el calcetín izquierdo antes que el derecho para salir a jugar cuesta poco trabajo y puede servir de refuerzo, pero rechazar dar la mano de tiro a tus compañeros, o simplemente evitar que te la toquen (la mano, claro), horas antes del partido, empieza a rayar lo obsesivo.
Como jugador nunca tuve una superstición fija que me acompañara a lo largo de toda mi carrera, pero durante largas temporadas sí que me ceñí a determinados hábitos que bien podrían calificarse como supersticiones (ducharme antes de jugar) o a rituales que ilustran de forma clara y cristalina el concepto sobre el que ahora escribo (garabatear algo concreto sobre el vendaje de uno de mis tobillos antes de los entrenamientos y partidos).
Es difícil no caer en rutinas que nos ofrezcan una sensación de seguridad y confianza, es algo que sucede en todos los aspectos de nuestras vidas, de ahí viene lo de que “el hombre es un animal de costumbres”. No obstante, la psiquiatría considera que un comportamiento supersticioso exagerado puede llegar a convertirse en una patología o trastorno que repercuta seriamente en la calidad de vida del que lo sufre, como es el caso de los enfermos aquejados con un trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), una enfermedad sobre la que escribía Lucio Angulo, en clave de humor y de forma brillante, hace unos meses en su ‘blog’.
* Hace muchos años, Mark Twain se refirió de manera irónica a la relación supersticiosa entre levantarse temprano y ser favorecidos por la ayuda de Dios con las siguientes palabras: “No os dejéis engañar por este absurdo dicho. Conocí a un tipo que lo hizo. Se levantó al alba y un caballo le dio un mordisco”.
Al parecer, esta superstición, arraigada fuertemente en los países occidentales, debe su origen a motivos religiosos y ha adquirido un poso tan profundo en estas culturas que ya no nos sorprendemos al ver que ciertos hoteles han elegido eliminar “esa planta” del edificio o al oir que algunas personas prefieren no viajar o realizar gestiones de importancia en ese día.
Sin embargo, en el baloncesto, un deporte que, como casi todas las disciplinas o juegos de azar, está invadido por las supersticiones, la aprensión hacia el número 13 no parece haberse consolidado con fuerza y son muchos los jugadores que escogen lucir esa cifra en sus dorsales sin otorgarle el mal fario que tantos otros le presuponen. A Wilt Chamberlain, desde luego, no pareció importarle mucho llevar ese dorsal -el mismo que vestiría durante la totalidad de su longeva carrera- cuando anotó 100 puntos ante los Knicks en 1962.
O quizás la razón por la que el baloncesto ha dado esquinazo a esta creencia se deba a que James Naismith, el célebre inventor de este deporte, decidió encarar este asunto desde el principio fijando en 13 las reglas fundamentales para jugar a este deporte. Es de suponer que el canadiense, ocupado en otros menesteres, no valorara en absoluto esta premisa a la hora de diseñar las normas, ¿o sí?. Lo cierto es que, visto el saludable estado de forma del deporte de la canasta, el profesor Naismith cercenó de raíz la asociación de esta cifra y el baloncesto a la mala suerte.
La psicología atribuye el uso de la superstición a una necesidad del individuo de tener las cosas bajo control, a otorgar causalidad a la casualidad; a creer que, siguiendo un determinado rito, evitaremos que el destino nos juegue una mala pasada. En definitiva, tener la capacidad de alterar el resultado de las cosas mediante la consecución de actos de cualquier índole. Ponerte antes el calcetín izquierdo antes que el derecho para salir a jugar cuesta poco trabajo y puede servir de refuerzo, pero rechazar dar la mano de tiro a tus compañeros, o simplemente evitar que te la toquen (la mano, claro), horas antes del partido, empieza a rayar lo obsesivo.
Como jugador nunca tuve una superstición fija que me acompañara a lo largo de toda mi carrera, pero durante largas temporadas sí que me ceñí a determinados hábitos que bien podrían calificarse como supersticiones (ducharme antes de jugar) o a rituales que ilustran de forma clara y cristalina el concepto sobre el que ahora escribo (garabatear algo concreto sobre el vendaje de uno de mis tobillos antes de los entrenamientos y partidos).
Es difícil no caer en rutinas que nos ofrezcan una sensación de seguridad y confianza, es algo que sucede en todos los aspectos de nuestras vidas, de ahí viene lo de que “el hombre es un animal de costumbres”. No obstante, la psiquiatría considera que un comportamiento supersticioso exagerado puede llegar a convertirse en una patología o trastorno que repercuta seriamente en la calidad de vida del que lo sufre, como es el caso de los enfermos aquejados con un trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), una enfermedad sobre la que escribía Lucio Angulo, en clave de humor y de forma brillante, hace unos meses en su ‘blog’.
* Hace muchos años, Mark Twain se refirió de manera irónica a la relación supersticiosa entre levantarse temprano y ser favorecidos por la ayuda de Dios con las siguientes palabras: “No os dejéis engañar por este absurdo dicho. Conocí a un tipo que lo hizo. Se levantó al alba y un caballo le dio un mordisco”.
lunes, 29 de diciembre de 2008
De tiros libres
Leemos en los últimos días noticias sobre dos grandes jugadores, José Manuel Calderón y Shaquille O´neal, que, por razones diametralmente opuestas, se han convertido en protagonistas de la actualidad con un mismo apartado del juego en común: el tiro libre.
Por un lado, la racha de tiros libres anotados de forma consecutiva por Calderón asciende ya hasta los 69 lanzamientos sin fallo. En la presente temporada, son 66 los lanzamientos ya convertidos, a los que hay que añadir los últimos 3 que anotó al término de la ‘regular season’ de la campaña anterior. Ya que la NBA no contabiliza los tiros libres anotados en playoff, los 5 de 5 intentos que Calderón anotó en la breve incursión de los Raptors en la lucha por el título en la temporada 2007/08 quedan excluidos de su carrera por el récord. Así, rozando la marca de 74 tiros libres que firmó Steve Nash temporadas atrás, Calderón se ha mostrado infalible en un aspecto del juego en el que hace pocos años firmaba resultados simplemente correctos.
Examinemos ahora el caso de O´neal, sin duda el jugador más determinante de la NBA a lo largo de muchas temporadas. El caso del pívot de los Suns es noticia porque está a un paso de convertirse en el segundo jugador de la historia de la NBA en alcanzar los 5000 fallos desde la línea, sólo superado por Wilt Chamberlain, que dejó el listón muy alto (o bajo) con 5,085 lanzamientos errados. Dudoso honor para dos de los jugadores más arrolladores de la historia del baloncesto. Es cierto que las comparaciones son odiosas, pero, ahora, con Shaquille, éstas adquieren un innegable tinte tragicómico, tal y como reflejaba hace poco más de una semana el periodista Kerry Freyne desde Boston en un artículo publicado por el diario ‘Marca’. Y es que si Larry Bird regresara a las canchas, podría fallar sus primeros 3000 tiros libres y tener mejor porcentaje que ‘Shaq’… Pero aún hay más, Steve Nash, su compañero de equipo, necesitaría 200 años y 17000 partidos para llegar a los 5000 fallos siempre que mantuviese la legendaria efectividad de la que ha hecho gala estos años.
Lo cierto es que Calderón y O’neal son jugadores totalmente distintos en casi todas las facetas del juego (aunque alguna vez hayamos visto a O´neal subir el balón o incluso irse de su defensor con un auténtico ‘crossover’ de ‘jugón’); como también es cierto que el hecho de que ambos coincidan en los diarios por este motivo no deja de ser una mera anécdota. Sin embargo, es una información que también resulta útil para apreciar el impacto psicológico que provoca lanzar un tiro libre en algunos jugadores de baloncesto.
Hablando de este tema con José Manuel Beirán, excelso tirador como jugador en activo, y que en la actualidad ejerce como psicólogo asesorando a deportistas de múltiples disciplinas, me explicaba que la mayoría de jugadores son capaces de mejorar ostensiblemente su tiro combinando un entrenamiento técnico con unas pautas bastante simples a nivel mental. El que fuera medallista en Los Ángeles en 1984 también me contaba que, indudablemente, algunos jugadores nacen con un talento especial para tirar a canasta, pero que, no obstante, casi cualquiera puede mejorar sustancialmente su porcentaje aplicando ciertas correcciones a su mecánica de tiro y creándose una rutina previa al lanzamiento. A pesar de todo, el ex jugador del Real Madrid también me confesaba haberse encontrado con algún caso verdaderamente difícil, en el que la mejora era casi inexistente después de muchas horas de trabajo.
No es el caso de ‘Calde’, del que sabemos que, en los últimos años, ha trabajado concienzudamente, ayudado por su padre, para corregir su mecánica y no abrir tanto el codo del brazo derecho al armar el tiro, no sólo desde la línea de 4,60 sino en líneas generales, algo que, a pesar de no llamar demasiado la atención, se nota al verle tirar con un estilo más depurado. Las estadísticas están ahí y no mienten. Ha mejorado en prácticamente todos los apartados del tiro, sólo basta con mirar a su porcentaje de tiros libres y de tres puntos en sus cuatro campañas en la NBA para apreciar una clara mejoría año a año.
Y en cuanto a ‘Shaq’, desconozco el tiempo que habrá invertido en mejorar su tiro, aunque supongo que a un jugador que va tantas veces a la línea le interesa más que a ninguno elevar su porcentaje. Quizá sus enormes manos sean un lastre demasiado pesado para él, (¿han probado a tirar con un balón de balonmano a canasta?, la precisión a la hora de anotar se resiente sensiblemente cuánto más pequeño es el balón), quizá no haya podido corregir su mecánica de tiro a tiempo, o quizá, sencillamente, sea un caso perdido que ya se ha dejado por imposible.
En cualquier caso, y a pesar de ser noticia por obtener resultados antagónicos sobre un mismo aspecto del juego, ‘Shaq’ y ‘Calde’ son dos extraordinarios jugadores que siguen haciendo las delicias de los aficionados noche tras noche en la NBA.
Por un lado, la racha de tiros libres anotados de forma consecutiva por Calderón asciende ya hasta los 69 lanzamientos sin fallo. En la presente temporada, son 66 los lanzamientos ya convertidos, a los que hay que añadir los últimos 3 que anotó al término de la ‘regular season’ de la campaña anterior. Ya que la NBA no contabiliza los tiros libres anotados en playoff, los 5 de 5 intentos que Calderón anotó en la breve incursión de los Raptors en la lucha por el título en la temporada 2007/08 quedan excluidos de su carrera por el récord. Así, rozando la marca de 74 tiros libres que firmó Steve Nash temporadas atrás, Calderón se ha mostrado infalible en un aspecto del juego en el que hace pocos años firmaba resultados simplemente correctos.
Examinemos ahora el caso de O´neal, sin duda el jugador más determinante de la NBA a lo largo de muchas temporadas. El caso del pívot de los Suns es noticia porque está a un paso de convertirse en el segundo jugador de la historia de la NBA en alcanzar los 5000 fallos desde la línea, sólo superado por Wilt Chamberlain, que dejó el listón muy alto (o bajo) con 5,085 lanzamientos errados. Dudoso honor para dos de los jugadores más arrolladores de la historia del baloncesto. Es cierto que las comparaciones son odiosas, pero, ahora, con Shaquille, éstas adquieren un innegable tinte tragicómico, tal y como reflejaba hace poco más de una semana el periodista Kerry Freyne desde Boston en un artículo publicado por el diario ‘Marca’. Y es que si Larry Bird regresara a las canchas, podría fallar sus primeros 3000 tiros libres y tener mejor porcentaje que ‘Shaq’… Pero aún hay más, Steve Nash, su compañero de equipo, necesitaría 200 años y 17000 partidos para llegar a los 5000 fallos siempre que mantuviese la legendaria efectividad de la que ha hecho gala estos años.
Lo cierto es que Calderón y O’neal son jugadores totalmente distintos en casi todas las facetas del juego (aunque alguna vez hayamos visto a O´neal subir el balón o incluso irse de su defensor con un auténtico ‘crossover’ de ‘jugón’); como también es cierto que el hecho de que ambos coincidan en los diarios por este motivo no deja de ser una mera anécdota. Sin embargo, es una información que también resulta útil para apreciar el impacto psicológico que provoca lanzar un tiro libre en algunos jugadores de baloncesto.
Hablando de este tema con José Manuel Beirán, excelso tirador como jugador en activo, y que en la actualidad ejerce como psicólogo asesorando a deportistas de múltiples disciplinas, me explicaba que la mayoría de jugadores son capaces de mejorar ostensiblemente su tiro combinando un entrenamiento técnico con unas pautas bastante simples a nivel mental. El que fuera medallista en Los Ángeles en 1984 también me contaba que, indudablemente, algunos jugadores nacen con un talento especial para tirar a canasta, pero que, no obstante, casi cualquiera puede mejorar sustancialmente su porcentaje aplicando ciertas correcciones a su mecánica de tiro y creándose una rutina previa al lanzamiento. A pesar de todo, el ex jugador del Real Madrid también me confesaba haberse encontrado con algún caso verdaderamente difícil, en el que la mejora era casi inexistente después de muchas horas de trabajo.
No es el caso de ‘Calde’, del que sabemos que, en los últimos años, ha trabajado concienzudamente, ayudado por su padre, para corregir su mecánica y no abrir tanto el codo del brazo derecho al armar el tiro, no sólo desde la línea de 4,60 sino en líneas generales, algo que, a pesar de no llamar demasiado la atención, se nota al verle tirar con un estilo más depurado. Las estadísticas están ahí y no mienten. Ha mejorado en prácticamente todos los apartados del tiro, sólo basta con mirar a su porcentaje de tiros libres y de tres puntos en sus cuatro campañas en la NBA para apreciar una clara mejoría año a año.
Y en cuanto a ‘Shaq’, desconozco el tiempo que habrá invertido en mejorar su tiro, aunque supongo que a un jugador que va tantas veces a la línea le interesa más que a ninguno elevar su porcentaje. Quizá sus enormes manos sean un lastre demasiado pesado para él, (¿han probado a tirar con un balón de balonmano a canasta?, la precisión a la hora de anotar se resiente sensiblemente cuánto más pequeño es el balón), quizá no haya podido corregir su mecánica de tiro a tiempo, o quizá, sencillamente, sea un caso perdido que ya se ha dejado por imposible.
En cualquier caso, y a pesar de ser noticia por obtener resultados antagónicos sobre un mismo aspecto del juego, ‘Shaq’ y ‘Calde’ son dos extraordinarios jugadores que siguen haciendo las delicias de los aficionados noche tras noche en la NBA.
martes, 11 de noviembre de 2008
Scouting
Como para casi todo en la vida, cada entrenador tiene un método, y cada método, un intrincado funcionamiento que le diferencia de sus colegas por la manera que tiene de hablar a sus jugadores, de dirigir los partidos y entrenamientos o de preparar cada encuentro.
Creo que no es ningún secreto que los jugadores no encuentran demasiado atractivas las sesiones de video previas y posteriores a un partido. Y sí, sabemos que es una parte esencial y absolutamente necesaria para la preparación de un partido, pero aun así, la tendencia natural del jugador le provoca sentirse incómodo si abandona su entorno más conocido: la cancha.
Por esta razón, muchos entrenadores suelen acomodar estas sesiones para que la relación 'tiempo empleado/información entregada' sea lo más equilibrada posible y así conseguir transmitir de forma más efectiva aquellos datos que le serán útiles al equipo para enmendar errores, atacar y defender al equipo rival, etc, etc. Sin embargo, a veces, el concepto de equilibrio de algunos entrenadores puede sobrepasar los límites de lo humanamente tolerable y, en otras, dejar a los jugadores con una extraña sensación de videus interruptus. Por supuesto, esta última situación es poco frecuente, aunque he de confesar que, a lo largo de mi carrera, tuve un entrenador que era un seguidor acérrimo de esta técnica, al cual, en una ocasión, y juro que esto es cierto, le tuvimos que rogar continuar viendo un video porque nos sentimos algo inseguros después de ver un total de unos 8 o 9 minutos de metraje sobre el equipo rival.
Pero, por otro lado, no hay nada más desalentador que llegar a las instalaciones del club en una tarde de domingo, tras perder un partido, y asistir, desolados, a ese momento en el que el segundo entrenador pone la cinta de video y que, justo en el instante en el que el árbitro tira el balón en el salto inicial, se oiga un escueto “¡para!” y la imagen del balón quede congelada en el aire, como nuestras expresiones, para que el entrenador se pase los siguientes 15 minutos explicando porqué razones nos hemos colocado mal para la lucha. Entonces, los jugadores se miran unos a otros y, sin hablar, con tan sólo una triste mirada cómplice, corroboran entre sí el mal comienzo de una reunión que promete ser tan larga como los entrenamientos que le seguirán en la semana.
A menudo, los entrenadores acompañan estas charlas con un dossier que consiste en hojas fotocopiadas que recogen información sobre el equipo contrario, jugador por jugador, y sus sistemas. Una costumbre importada de EEUU, donde desde hace décadas entregan verdaderos tochos llamados ‘scouting reports’ en los que se detallan al milímetro las tendencias y vicios (en el campo) de cada jugador del otro equipo.
La pasión por el detalle en la NCAA es tal que genera un desmedido afán por innovar hasta límites insospechados. Así, mientras jugaba en la universidad de Texas A&M, no salía de mi asombro al ver que, cada día de partido, teníamos que hacer un examen tipo test sobre el scouting que nos había entregado el cuerpo técnico el día anterior y responder a 10 preguntas sobre el contenido del mismo. Verídico. De repente, me encontraba sentado en una sala mal iluminada, sometido al estricto control de un entrenador llamado Mitch Buonaguro -un personaje digno de figurar como extra en ‘Los Soprano’-, haciéndole gestos a un compañero para que me ‘soplara’ en voz baja hacia que lado prefería fintar un tal Chauncey Billups o si a Paul Pierce le gustaba hacer una salida cruzada con bote en sus penetraciones. Algo que no debía inspirar demasiada confianza sobre mi preparación para el partido al que yo le hacía las señas pero que, claro, era infinitamente mejor que suspender el examen y no salir luego a jugar.
Creo que no es ningún secreto que los jugadores no encuentran demasiado atractivas las sesiones de video previas y posteriores a un partido. Y sí, sabemos que es una parte esencial y absolutamente necesaria para la preparación de un partido, pero aun así, la tendencia natural del jugador le provoca sentirse incómodo si abandona su entorno más conocido: la cancha.
Por esta razón, muchos entrenadores suelen acomodar estas sesiones para que la relación 'tiempo empleado/información entregada' sea lo más equilibrada posible y así conseguir transmitir de forma más efectiva aquellos datos que le serán útiles al equipo para enmendar errores, atacar y defender al equipo rival, etc, etc. Sin embargo, a veces, el concepto de equilibrio de algunos entrenadores puede sobrepasar los límites de lo humanamente tolerable y, en otras, dejar a los jugadores con una extraña sensación de videus interruptus. Por supuesto, esta última situación es poco frecuente, aunque he de confesar que, a lo largo de mi carrera, tuve un entrenador que era un seguidor acérrimo de esta técnica, al cual, en una ocasión, y juro que esto es cierto, le tuvimos que rogar continuar viendo un video porque nos sentimos algo inseguros después de ver un total de unos 8 o 9 minutos de metraje sobre el equipo rival.
Pero, por otro lado, no hay nada más desalentador que llegar a las instalaciones del club en una tarde de domingo, tras perder un partido, y asistir, desolados, a ese momento en el que el segundo entrenador pone la cinta de video y que, justo en el instante en el que el árbitro tira el balón en el salto inicial, se oiga un escueto “¡para!” y la imagen del balón quede congelada en el aire, como nuestras expresiones, para que el entrenador se pase los siguientes 15 minutos explicando porqué razones nos hemos colocado mal para la lucha. Entonces, los jugadores se miran unos a otros y, sin hablar, con tan sólo una triste mirada cómplice, corroboran entre sí el mal comienzo de una reunión que promete ser tan larga como los entrenamientos que le seguirán en la semana.
A menudo, los entrenadores acompañan estas charlas con un dossier que consiste en hojas fotocopiadas que recogen información sobre el equipo contrario, jugador por jugador, y sus sistemas. Una costumbre importada de EEUU, donde desde hace décadas entregan verdaderos tochos llamados ‘scouting reports’ en los que se detallan al milímetro las tendencias y vicios (en el campo) de cada jugador del otro equipo.
La pasión por el detalle en la NCAA es tal que genera un desmedido afán por innovar hasta límites insospechados. Así, mientras jugaba en la universidad de Texas A&M, no salía de mi asombro al ver que, cada día de partido, teníamos que hacer un examen tipo test sobre el scouting que nos había entregado el cuerpo técnico el día anterior y responder a 10 preguntas sobre el contenido del mismo. Verídico. De repente, me encontraba sentado en una sala mal iluminada, sometido al estricto control de un entrenador llamado Mitch Buonaguro -un personaje digno de figurar como extra en ‘Los Soprano’-, haciéndole gestos a un compañero para que me ‘soplara’ en voz baja hacia que lado prefería fintar un tal Chauncey Billups o si a Paul Pierce le gustaba hacer una salida cruzada con bote en sus penetraciones. Algo que no debía inspirar demasiada confianza sobre mi preparación para el partido al que yo le hacía las señas pero que, claro, era infinitamente mejor que suspender el examen y no salir luego a jugar.
miércoles, 29 de octubre de 2008
Cómo hemos cambiado
El pasado 24 de octubre se cumplieron 20 años desde la primera incursión de la NBA en Europa con la celebración del Open McDonald´s en Madrid con la participación de los históricos Boston Celtics, que llegaron a la capital con una plantilla inolvidable formada por jugadores de la talla de Larry Bird, Robert Parish, Kevin McHale, Danny Ainge o Dennis Johnson. Era 1988 y cruzar el charco para jugar en la mejor liga del mundo era una empresa improbable para los jugadores europeos; tan sólo unos pocos conseguían atraer la atención de los General Managers, que aún no veían en nuestro continente el filón del que se abastecen año tras año en la actualidad.
La temporada anterior, Fernando Martín se había convertido en el único español en dar el salto a la NBA de la mano de los Portland Trail Blazers, una de las primeras franquicias en apostar por el mercado europeo. Una experiencia poco gratificante que no le sedujo, y que motivó su regreso un año después al Real Madrid, donde coincidió con Drazen Petrovic, que seguiría sus pasos un año más tarde para iniciar la aventura americana, también en el equipo de Oregon. Ya se ha hablado muchas veces de las numerosas coincidencias -tan trágicas en determinados momentos- en las carreras de estos dos geniales jugadores que fueron precursores del baloncesto europeo en la NBA.
Por aquel entonces yo tenía 12 años y, cada sábado de madrugada, viendo ‘Cerca de las Estrellas’, me quedaba embobado con las imágenes que narraba tan apasionadamente Ramón Trecet junto a Esteban Gómez. Con ellos me convertí en seguidor de los Celtics, y cuando descubrí que estarían en Madrid para jugar contra mi otro equipo del alma, el Real Madrid, decidí no parar hasta conseguir que mis padres nos llevaran a mí y a mi hermano a verlo. Benditos sean los dos. Una semana después, allí estábamos, sentados en el Palacio de Deportes y boquiabiertos sin saber donde fijar nuestros ojos, abiertos como platos, imagino que bajo la divertida mirada de mi padre que seguramente no nos había visto tan inmóviles desde que nos compraron el CinExin. Disfrutamos cada minuto de un partido del que salimos con la impresión de que el Real Madrid había puesto en apuros a los Celtics a pesar de que el marcador final (111-96) no evidenciaba tanta igualdad.
Llegaron los 90 y algo empezó a gestarse en el viejo continente. Poco a poco, veíamos como más jugadores emigraban a perseguir el sueño americano y ya no nos sorprendía comprobar que no sólo se les plantaba cara a los equipos NBA en las giras de pretemporada, sino que era posible arrancarles una victoria. Cambiamos de siglo y todo se volvió agradablemente imprevisible para el baloncesto español cuando vimos como Pau Gasol se convertía en rookie del año, Utah ponía sus ojos en Raül López, Toronto en José Manuel Calderón y Portland en Sergio Rodríguez. A partir de entonces ya no paramos. Pau disputó un All-Star y se consolidó como jugador franquicia en Memphis, Calderón se convirtió en el cerebro de los Raptors y siguieron llegando jugadores nacionales a la liga: Garbajosa en 2006, Navarro en 2007 y por último Rudy Fernández y Marc Gasol en 2008. Entre medias, la selección se coronó campeona del mundo en Japón, plata en el EuroBasket ’07 y plata de nuevo en los JJOO, tras poner en entredicho la superioridad del ‘Redeem Team’ en el partido que muchos medios de comunicación ya han calificado como “el mejor de la historia”.
Ahora que las imágenes de Rudy hundiendo el balón sobre Dwight Howard dan la vuelta al mundo y que el Barça tutea a los Lakers en el mismísimo Staples Center, donde Pau disputó la final de la NBA el pasado mes de junio, es difícil pensar que será lo siguiente. ¿Un número uno del draft? Como se suele decir, tiempo al tiempo, pero poco...
La temporada anterior, Fernando Martín se había convertido en el único español en dar el salto a la NBA de la mano de los Portland Trail Blazers, una de las primeras franquicias en apostar por el mercado europeo. Una experiencia poco gratificante que no le sedujo, y que motivó su regreso un año después al Real Madrid, donde coincidió con Drazen Petrovic, que seguiría sus pasos un año más tarde para iniciar la aventura americana, también en el equipo de Oregon. Ya se ha hablado muchas veces de las numerosas coincidencias -tan trágicas en determinados momentos- en las carreras de estos dos geniales jugadores que fueron precursores del baloncesto europeo en la NBA.
Por aquel entonces yo tenía 12 años y, cada sábado de madrugada, viendo ‘Cerca de las Estrellas’, me quedaba embobado con las imágenes que narraba tan apasionadamente Ramón Trecet junto a Esteban Gómez. Con ellos me convertí en seguidor de los Celtics, y cuando descubrí que estarían en Madrid para jugar contra mi otro equipo del alma, el Real Madrid, decidí no parar hasta conseguir que mis padres nos llevaran a mí y a mi hermano a verlo. Benditos sean los dos. Una semana después, allí estábamos, sentados en el Palacio de Deportes y boquiabiertos sin saber donde fijar nuestros ojos, abiertos como platos, imagino que bajo la divertida mirada de mi padre que seguramente no nos había visto tan inmóviles desde que nos compraron el CinExin. Disfrutamos cada minuto de un partido del que salimos con la impresión de que el Real Madrid había puesto en apuros a los Celtics a pesar de que el marcador final (111-96) no evidenciaba tanta igualdad.
Llegaron los 90 y algo empezó a gestarse en el viejo continente. Poco a poco, veíamos como más jugadores emigraban a perseguir el sueño americano y ya no nos sorprendía comprobar que no sólo se les plantaba cara a los equipos NBA en las giras de pretemporada, sino que era posible arrancarles una victoria. Cambiamos de siglo y todo se volvió agradablemente imprevisible para el baloncesto español cuando vimos como Pau Gasol se convertía en rookie del año, Utah ponía sus ojos en Raül López, Toronto en José Manuel Calderón y Portland en Sergio Rodríguez. A partir de entonces ya no paramos. Pau disputó un All-Star y se consolidó como jugador franquicia en Memphis, Calderón se convirtió en el cerebro de los Raptors y siguieron llegando jugadores nacionales a la liga: Garbajosa en 2006, Navarro en 2007 y por último Rudy Fernández y Marc Gasol en 2008. Entre medias, la selección se coronó campeona del mundo en Japón, plata en el EuroBasket ’07 y plata de nuevo en los JJOO, tras poner en entredicho la superioridad del ‘Redeem Team’ en el partido que muchos medios de comunicación ya han calificado como “el mejor de la historia”.
Ahora que las imágenes de Rudy hundiendo el balón sobre Dwight Howard dan la vuelta al mundo y que el Barça tutea a los Lakers en el mismísimo Staples Center, donde Pau disputó la final de la NBA el pasado mes de junio, es difícil pensar que será lo siguiente. ¿Un número uno del draft? Como se suele decir, tiempo al tiempo, pero poco...
martes, 14 de octubre de 2008
On the road
A nadie se le escapa que no todos clubes disponen del mismo presupuesto para afrontar la temporada; una circunstancia que lógicamente constituye un factor decisivo para los intereses de un equipo. Tener dinero no sólo significa fichar bien, sino poder gozar de las condiciones más idóneas para que la plantilla pueda alcanzar su objetivo -es decir, ganar partidos- con garantías.
De la misma forma en la que jugar a domicilio puede ser una simple e inocua rutina para los más pudientes, que disfrutan de las considerables ventajas que supone desplazarse en avión el día previo al partido para hacer noche y descansar antes de choque, para otros, llegar a su destino puede ser un viaje interminable, una larga travesía por el desierto de la que únicamente se puede obtener como lectura positiva la inagotable cantidad de sucesos e historias para no dormir que suelen acontecer en estos trayectos.
El periplo desde A Coruña hasta Los Barrios para disputar un solo partido, tal y como nos sucedió en dos ocasiones durante en mi estancia en el desaparecido Sondeos del Norte de 2002 al 2004, significó para mí una experiencia alucinante sin parangón en mi carrera como jugador de baloncesto. Abandonar Galicia a medianoche para permanecer confinado durante 16 horas en un autobús adaptado de manera artesanal con colchones de gomaespuma en el suelo para poder dormir, devorando malas películas o apostando en cualquier juego de azar -desde la clásica pocha hasta partidas de bingo pasando por el poker tipo Texas hold ‘em- no parece la mejor estrategia para llegar en las mejores condiciones físicas a un partido, pero, a pesar de todo, esta era la única opción que podía permitirse un club modesto como aquel para realizar este tipo de desplazamientos. Con todo, las dos temporadas en las que recorrimos Portugal arriba y abajo rumbo a Algeciras nos dejaron un equilibrado balance: una victoria y una derrota.
Las noches en estos viajes se hacen interminables. Después de ver dos o tres obras maestras del cine de autor al estilo de “Zoolander”, “Estoy hecho un animal” o “Road trip: viaje de pirados” -películas de referencia para tantos y tantos equipos en los últimos años-, conciliar el sueño en unos colchones en el suelo, hacinado junto a tus compañeros y escuchando el incómodo runrún del motor entre bruscos cambios de temperatura, se convierte en una labor imposible. En esos momentos, compartiendo olores de todo tipo, o los ronquidos de un pívot nigeriano de 125 kilos al que escoges sabiamente no despertar, es inevitable formularse la misma pregunta que asaltaba a Lucio Angulo en uno de sus posts sobre la posibilidad de haberse excedido, aunque sea de manera involuntaria, en la premisa de “hacer equipo”.
Las paradas para repostar también dan mucho juego. Imagínense por un momento el careto de un operario de una gasolinera, a las tantas de la madrugada y en medio de Dios sabe donde, al ser abordado por una decena de tíos de dos metros liderados por un tipo de 2,07 con una camiseta blanca de tirantes hasta las rodillas, cadenas de oro y un afro electrizado que dejaría el peinado del mismísimo Don King en un simple flequillo, demandando la apertura de la tienda en un español macarrónico con el fin de abastecerse de patatas fritas y coca-cola. Muchas veces, ni nos abrían. En otra ocasión, desesperado, un jugador solicitó parar con carácter de urgencia para poder satisfacer la inoportuna llamada de la naturaleza, que le sobrevino en un autobús sin WC. Pues bien, el conductor, ni manco ni corto, paró de inmediato en el primer lugar que atisbó en el camino: uno de esos lugares que se anuncian con muchas lucecitas de neón. El jugador no se atrevió a entrar y prefirió ocultarse tras unos árboles a solucionar su asunto.
Hace algunos años, un club que encadenó una espectacular racha de victorias tras el parón navideño, y que finalmente conseguiría el ascenso en junio, decidió motivar a sus jugadores prometiéndoles que, mientras las cosas marcharan bien en el plano deportivo, se haría un esfuerzo para que todos los desplazamientos se hicieran en avión. Un incentivo más que interesante para ahorrarse kilómetros en la carretera y alargar un poco las carreras deportivas de algunos jugadores, pero bastante menos rentable a la hora de acumular vivencias y episodios verdaderamente imborrables.
De la misma forma en la que jugar a domicilio puede ser una simple e inocua rutina para los más pudientes, que disfrutan de las considerables ventajas que supone desplazarse en avión el día previo al partido para hacer noche y descansar antes de choque, para otros, llegar a su destino puede ser un viaje interminable, una larga travesía por el desierto de la que únicamente se puede obtener como lectura positiva la inagotable cantidad de sucesos e historias para no dormir que suelen acontecer en estos trayectos.
El periplo desde A Coruña hasta Los Barrios para disputar un solo partido, tal y como nos sucedió en dos ocasiones durante en mi estancia en el desaparecido Sondeos del Norte de 2002 al 2004, significó para mí una experiencia alucinante sin parangón en mi carrera como jugador de baloncesto. Abandonar Galicia a medianoche para permanecer confinado durante 16 horas en un autobús adaptado de manera artesanal con colchones de gomaespuma en el suelo para poder dormir, devorando malas películas o apostando en cualquier juego de azar -desde la clásica pocha hasta partidas de bingo pasando por el poker tipo Texas hold ‘em- no parece la mejor estrategia para llegar en las mejores condiciones físicas a un partido, pero, a pesar de todo, esta era la única opción que podía permitirse un club modesto como aquel para realizar este tipo de desplazamientos. Con todo, las dos temporadas en las que recorrimos Portugal arriba y abajo rumbo a Algeciras nos dejaron un equilibrado balance: una victoria y una derrota.
Las noches en estos viajes se hacen interminables. Después de ver dos o tres obras maestras del cine de autor al estilo de “Zoolander”, “Estoy hecho un animal” o “Road trip: viaje de pirados” -películas de referencia para tantos y tantos equipos en los últimos años-, conciliar el sueño en unos colchones en el suelo, hacinado junto a tus compañeros y escuchando el incómodo runrún del motor entre bruscos cambios de temperatura, se convierte en una labor imposible. En esos momentos, compartiendo olores de todo tipo, o los ronquidos de un pívot nigeriano de 125 kilos al que escoges sabiamente no despertar, es inevitable formularse la misma pregunta que asaltaba a Lucio Angulo en uno de sus posts sobre la posibilidad de haberse excedido, aunque sea de manera involuntaria, en la premisa de “hacer equipo”.
Las paradas para repostar también dan mucho juego. Imagínense por un momento el careto de un operario de una gasolinera, a las tantas de la madrugada y en medio de Dios sabe donde, al ser abordado por una decena de tíos de dos metros liderados por un tipo de 2,07 con una camiseta blanca de tirantes hasta las rodillas, cadenas de oro y un afro electrizado que dejaría el peinado del mismísimo Don King en un simple flequillo, demandando la apertura de la tienda en un español macarrónico con el fin de abastecerse de patatas fritas y coca-cola. Muchas veces, ni nos abrían. En otra ocasión, desesperado, un jugador solicitó parar con carácter de urgencia para poder satisfacer la inoportuna llamada de la naturaleza, que le sobrevino en un autobús sin WC. Pues bien, el conductor, ni manco ni corto, paró de inmediato en el primer lugar que atisbó en el camino: uno de esos lugares que se anuncian con muchas lucecitas de neón. El jugador no se atrevió a entrar y prefirió ocultarse tras unos árboles a solucionar su asunto.
Hace algunos años, un club que encadenó una espectacular racha de victorias tras el parón navideño, y que finalmente conseguiría el ascenso en junio, decidió motivar a sus jugadores prometiéndoles que, mientras las cosas marcharan bien en el plano deportivo, se haría un esfuerzo para que todos los desplazamientos se hicieran en avión. Un incentivo más que interesante para ahorrarse kilómetros en la carretera y alargar un poco las carreras deportivas de algunos jugadores, pero bastante menos rentable a la hora de acumular vivencias y episodios verdaderamente imborrables.
lunes, 6 de octubre de 2008
Joe Alonso
Ahí sigue. 18 puntos, 3 asistencias y 21 de valoración en la primera victoria de la temporada de un necesitado CB Illescas ante el Ford Burgos. Aunque se prometa a sí mismo año a año que ese va a ser el último que dispute, Joe Alonso aún permanece en activo. No puedo evitar sonreír cada verano cuando algún amigo común -o el propio Joe- me cuenta que aún está bien para jugar y que podremos verle por las canchas otra temporada más.
Tirando de archivo y haciendo un ejercicio de retrospectiva, la hoja de servicios del madrileño nos muestra un historial más largo que la infancia de Heidi. A sus 37 años, Joe es una rara avis, un jugador único que ha conocido todas y cada una de las divisiones del baloncesto nacional, desde la lejana Primera B hasta la actual Adecco LEB Oro. De físico y talento maradonianos (afortunadamente su cerebro pertenece a otra escuela), alejado del perfil arquetípico del jugador de baloncesto actual, Joe ha encontrado su habitat natural en las competiciones federativas, por las que ha transitado con éxito a lo largo de casi dos décadas convertido en la pesadilla de tantos y tantos entrenadores que prácticamente no necesitan ver ya ningún video para recitar su scouting de carrerilla: gran tirador y driblador, buen manejo de ambas manos, pies muy rápidos, capaz de dividir y arrastrar a la ayuda para buscar al hombre abierto… Su primer bote desde 6,25 para dar un rapidísimo paso atrás, regresar de nuevo tras la línea de tres puntos y clavar un triple es ya una jugada clásica marca de la casa.
Y es que el veterano escolta posee una naturaleza competitiva que le obliga a pelear por ganar siempre, sea lo que sea que haya en juego. Doctorado cum laude en el juego de la pocha cuando los Gasol, Reyes y compañía no sabían lo que era un naipe, Joe es capaz de retarte a un 1x1 una hora antes de un partido, hacerse un esguince, provocar el consecuente ataque de nervios de su entrenador, meter el pie en hielo, vendarse el tobillo y salir a jugar como cualquier otro viernes, es decir, anulando a la defensa rival.
En el anecdotario de la etapa en la que coincidí con Joe en la Universidad Complutense hay más de una batallita con él como protagonista. ¿Se acuerdan de Raja Bell? En la pretemporada de la campaña 2002/03, el norteamericano, que se ha convertido en un jugador destacado en la NBA, vino a Madrid con el TAU para jugar un cuadrangular en el que nuestro modesto equipo se midió con el Real Madrid, el Lucentum Alicante (por entonces en la ACB) y el equipo vasco. En el primer partido del torneo, ante estos últimos, Joe le hizo un traje de 29 puntos a Bell, que no conseguía parar a su oponente para desesperación de Dusko Ivanovic, que esbozaba su característica sonrisa irónica desde el banquillo a cada canasta de nuestro ‘jugón’.
Pues bien, días después, Raja Bell abandonaría la disciplina de club vitoriano tras escuchar los cantos de sirena de la NBA, recalando en los Dallas Mavericks, donde se empezaría a labrar una merecida reputación como defensor de extrema dureza, bordeando los límites de la legalidad y protagonizando altercados con Kobe Bryant o Andrea Bargnani por los que sería sancionado. Desde Madrid, ya en octubre, nosotros nos imaginábamos a un Bell traumatizado por su experiencia con Joe Alonso, repitiéndole una y otra vez a Nowitzki en los entrenamientos: “No te lo puedes imaginar, Dirk, hay un chico gordito en España…”.
Tirando de archivo y haciendo un ejercicio de retrospectiva, la hoja de servicios del madrileño nos muestra un historial más largo que la infancia de Heidi. A sus 37 años, Joe es una rara avis, un jugador único que ha conocido todas y cada una de las divisiones del baloncesto nacional, desde la lejana Primera B hasta la actual Adecco LEB Oro. De físico y talento maradonianos (afortunadamente su cerebro pertenece a otra escuela), alejado del perfil arquetípico del jugador de baloncesto actual, Joe ha encontrado su habitat natural en las competiciones federativas, por las que ha transitado con éxito a lo largo de casi dos décadas convertido en la pesadilla de tantos y tantos entrenadores que prácticamente no necesitan ver ya ningún video para recitar su scouting de carrerilla: gran tirador y driblador, buen manejo de ambas manos, pies muy rápidos, capaz de dividir y arrastrar a la ayuda para buscar al hombre abierto… Su primer bote desde 6,25 para dar un rapidísimo paso atrás, regresar de nuevo tras la línea de tres puntos y clavar un triple es ya una jugada clásica marca de la casa.
Y es que el veterano escolta posee una naturaleza competitiva que le obliga a pelear por ganar siempre, sea lo que sea que haya en juego. Doctorado cum laude en el juego de la pocha cuando los Gasol, Reyes y compañía no sabían lo que era un naipe, Joe es capaz de retarte a un 1x1 una hora antes de un partido, hacerse un esguince, provocar el consecuente ataque de nervios de su entrenador, meter el pie en hielo, vendarse el tobillo y salir a jugar como cualquier otro viernes, es decir, anulando a la defensa rival.
En el anecdotario de la etapa en la que coincidí con Joe en la Universidad Complutense hay más de una batallita con él como protagonista. ¿Se acuerdan de Raja Bell? En la pretemporada de la campaña 2002/03, el norteamericano, que se ha convertido en un jugador destacado en la NBA, vino a Madrid con el TAU para jugar un cuadrangular en el que nuestro modesto equipo se midió con el Real Madrid, el Lucentum Alicante (por entonces en la ACB) y el equipo vasco. En el primer partido del torneo, ante estos últimos, Joe le hizo un traje de 29 puntos a Bell, que no conseguía parar a su oponente para desesperación de Dusko Ivanovic, que esbozaba su característica sonrisa irónica desde el banquillo a cada canasta de nuestro ‘jugón’.
Pues bien, días después, Raja Bell abandonaría la disciplina de club vitoriano tras escuchar los cantos de sirena de la NBA, recalando en los Dallas Mavericks, donde se empezaría a labrar una merecida reputación como defensor de extrema dureza, bordeando los límites de la legalidad y protagonizando altercados con Kobe Bryant o Andrea Bargnani por los que sería sancionado. Desde Madrid, ya en octubre, nosotros nos imaginábamos a un Bell traumatizado por su experiencia con Joe Alonso, repitiéndole una y otra vez a Nowitzki en los entrenamientos: “No te lo puedes imaginar, Dirk, hay un chico gordito en España…”.
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